Puigdemont, Cifuentes y Letizia nos traen de cabeza

Al gran tablero de ajedrez parece que el diablo le ha dado cuerda. El mundo se derrumba estrepitosamente. Por alguna razón que se nos escapa, parece que los que dirigen el gran teatro tienen prisa en este sprint de fin de ciclo y no hay tiempo para etapas. No estoy hablando de armagedones, al estilo de los fundamentalistas religiosos, ni de cumplimientos de augurios mayas o hopis que hablan de cataclismos inminentes de agua y fuego para asolar a esta humanidad que se resiste a aprender la lección del vivir con coherencia, tal como se espera de una especie que se autodenomina racional e inteligente y que lleva impresa, además, la chispa divina. Yo no soy agorera, todo lo contrario. Soy optimista y siempre invito a construir paraísos en medio del caos o de la nada. Pero no hay que ser ni visionario ni vidente para ver los cambios que se avecinan, o que se están dando ya. Estamos viviendo un auténtico cataclismo, pero de índole moral. La corrupción se ha enseñoreado de nuestro sistema y no hay nada ajeno a su influencia destructora.

Periodísticamente, no se puede negar que vivimos tiempos muy interesantes. Las noticias se agolpan y se sobreponen. Jugamos con unas cuantas piezas, que vamos colocando aquí y allá, donde mejor encajan, pero cometemos el error de ver la realidad en solo dos dimensiones, ateniéndonos a localismos la mayor parte de las veces. Estamos tan ensimismados en la noticia ocurrida alrededor de nuestro propio ombligo que, con mucha frecuencia, nos olvidamos de mirar qué hay detrás o más arriba. Y si se mira, si hay algo, no se le cuenta al ciudadano, porque hay cosas que no se pueden contar. De eso saben mucho los grandes medios de comunicación, que tapan, tergiversan, mienten y cocinan todo lo que el votante no debe saber. El español de a pie acaba de enterarse de por qué hubo que asesinar a Carrero Blanco, de cómo se pactó el reinado de Juan Carlos I, de todos los robos y corrupciones de la Monarquía, o de por qué se organizó el 23 F. Tanto tiempo odiando a Tejero y llamándole golpista y resulta que fue una víctima del sistema. Y es que, en ciertos temas “sensibles”, las manos ejecutoras no suelen ser visibles, ni siquiera su sombra. Ni por asomo nos imaginábamos que la CIA había tenido tanto que ver en nuestra historia de las últimas décadas.

Hablo de cataclismo moral porque la corrupción lo embarga todo. Las altas cúpulas de la sociedad se han convertido en auténticas mafias, y el ciudadano ya no tiene fe ni en la justicia ni en las instituciones, porque la prevaricación está a la orden del día. Esto es grave y desolador que pone de manifiesto la decadencia previa a la caída. Estos días, el dichoso máster de Cristina Cifuentes vino a desvelar un secreto a voces: que en la universidad también hay corrupción. ¡Vaya novedad! Casos como el de la presidenta madrileña los hay a cientos. Si es cierto que un periodista vale más por lo que calla que por lo que cuenta, quiero hacer honor a ello. No es cuestión de dar nombres, pero conozco un par de casos y sus prebendas correspondientes. En uno de ellos, en concreto, hubo que amañarle un título a toda prisa a un candidato de un partido político. Y si hablamos de funcionarios y de cómo se arreglan las oposiciones, tenemos tema para rato. Es una comedia si no fuera porque muchos opositores sufren esta lacra.

Lo de Cataluña sigue copando titulares. Confieso que sentí rabia, como tantos españoles, por la decisión de la Audiencia Territorial de Schleswig-Holstein de dejar en libertad a Puigdemont. Ya lo veíamos en la cárcel haciéndole compañía al resto de los golpistas y declarando ante el juez Llarena. Más allá del deseo de justicia, queríamos disfrutar el momentazo que significaba el triunfo del orden y el inicio de unos años entre rejas para el impresentable que lleva una buena temporada tomándonos el pelo y poniendo a España en ridículo con sus andanzas entre flamencos y defensores de terroristas. Lo dábamos por hecho, porque las leyes alemanas contemplan el delito de alta traición, equiparable a la rebelión. Pero, una vez más, tuvimos que tragar con la sinrazón. Algunos creen que fue una afrenta a España. No sé si fue así, pero el hecho me hizo recordar las palabras de María Elvira Roca Barea al hablar de la gran conspiración contra España y la leyenda negra que empezó a fraguarse a partir del cisma de Lutero, apoyado por los príncipes alemanes, y la manipulación de la historia que imprimió para la posteridad que todo lo bueno y lo justo viene del norte, y que los países sureños, los pigs, somos la escoria de Europa. ¡Justo al revés! Ellos eran los bárbaros frente a la civilización milenaria que configuró la cultura occidental. No deja de ser curioso cómo funciona la propaganda masónica, también lo incultos que somos que ni conocemos nuestra historia para poder defenderla, y cómo esas mentiras se siguen transmitiendo hoy.

Lo realmente lamentable respecto a Cataluña es la actitud del Gobierno. Parece que a Rajoy no le preocupa España, ni los sentimientos de los españoles, ni sus policías y guardias civiles, calumniados, perseguidos y heridos. Que hayan dado orden de no publicar las imágenes de las agresiones a las fuerzas del orden, para beneficiar a los golpistas, no es de recibo. ¡Cómo es posible que nuestros gobernantes nos hayan traicionado, haciéndonos pasar la vergüenza y el oprobio de que se nos tilde de bárbaros y de no respetar los derechos humanos!

En otro orden de cosas, los vídeos de Letizia desconozco si se han utilizado como cortina de humo de algo o si se han filtrado por alguna razón. Nunca me gustó la consorte y así lo manifesté desde el principio, pero no por no ser de sangre azul, cosa en la que no creo, sino por su laicismo, su frivolidad, la excesiva preocupación por su físico, los looks y la moda, sus operaciones de estética, sus musculitos, su falta de discreción y su crispación continua. Dicen las malas lenguas que está haciendo de sus monísimas niñas unos monstruitos. ¡Pobres!

Entre esos temas que no cuentan los medios masivos de comunicación se lleva la palma el escándalo del caso Kote Cabezudo, un dentista aficionado a la fotografía, imputado por delitos de estafa, revelación de secretos, amenazas, pornografía infantil, corrupción de menores, injurias y violación. Algunos de estos abusos se han grabado y están colgados en Internet. Tras más de cinco años de juicio y hasta once peticiones de entrada a prisión por parte de los abogados de las víctimas, el personaje sigue en libertad provisional sin fianza. ¡Protegido a cal y canto! Las presiones son muy grandes y el caso no avanza. En vista de ello, el abogado de las víctimas, Mario Díez, se vio obligado a pedir ayuda  a través de las redes sociales y ahora es vox pópuli, gracias también a la colaboración del periodista Melchor Miralles y a Intereconomía TV. Estamos hablando de una trama en la que, supuestamente, estarían implicadas personas de muy alto nivel: “políticos, banqueros, empresarios y jueces”.  Por eso los medios de San Sebastián no publican nada del caso. ¿Por qué las feministas no defienden a estas menores que han sido y están siendo abusadas? ¿Por qué los medios no hablan? ¿Por qué los políticos callan? Se dice que PP y PNV han pactado para que el proceso no vaya adelante. ¿Por qué el resto de políticos permanece en silencio? Los grados de corrupción, de podredumbre y de maldad a los que hemos llegado exceden a lo razonable. El caso es tan realmente grave y asqueroso que, comparado con esto, los  temas de Puigdemont, Letizia y Cifuentes quedan relegados a simples cotilleos. ¡Como suena!

 

 

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