¡Prohibido hablar de Jesucristo!

Quiero empezar este artículo con las palabras que el filósofo y romántico francés, Chateaubriand, dirigió a los ilustrados, que decidieron sustituir la fe en Dios por la fe en la ciencia: “Renunciando al cristianismo, no por ello vayáis a pensar que conservaréis las nociones superiores de justicia, las ideas verdaderas sobre la naturaleza humana y los progresos de todo género que el cristianismo ha traído a la sociedad. Su dogma es la garantía de su moral, y esta moral no tardaría en verse asfixiada por las pasiones no gobernadas por el freno de la fe. Ahora bien, no se vuelven a encontrar las elevadas virtudes cristianas allí donde ha reinado y se ha extinguido el cristianismo”. Estas palabras pueden aplicarse hoy a los ejecutores de la descristianización, seguidores de aquellos, pero más “desilustrados”, menos humanos y mucho más perversos, si cabe.

jesucristo cara
Robert Schuman, uno de los ideólogos de la Unión Europea decía que la moderna democracia, que debe su existencia al cristianismo, nació el día en que “el hombre fue llamado a realizar en su vida temporal la dignidad de la persona humana, en su libertad individual, en el respeto de los derechos de cada cual y por la práctica del amor fraterno con respecto a todos. Nunca antes de Cristo, estas ideas habían sido formuladas. La democracia está así unida al cristianismo doctrinal y cronológicamente. Tomó cuerpo con él por etapas, a través de largos titubeos, a veces a precio de errores y recaídas en la barbarie”. ¡Ay, si Schuman levantara la cabeza y viera la Europa por él soñada!

Está demostrado que cuando el cristianismo decae, la barbarie se hace presente. Basta con echar un vistazo a la historia. Los ideólogos del laicismo agresivo han ido ganando batallas en los últimos tiempos. Que no se hiciera constar los orígenes cristianos de Europa en la Constitución comunitaria es sólo una anécdota, pero muy  indicadora de la transformación progresiva de una sociedad que, poco a poco, va olvidando la primacía de los valores que nos ennoblecen.

Ahora podemos decir que vamos caminando a la barbarie. Aunque los apologetas del laicismo radical –que no hay que confundir con laicidad— tratan de, a base de mentiras, vender una sociedad con nuevos valores, más justa y solidaria, lo cierto es que es justo al revés. Gracias a ellos –es más fácil educar para el mal que para el bien—, la sociedad actual está más encanallada, es más relativista, más simple, más vacía y más frívola. Hemos perdido el timón y navegamos a la deriva en aguas turbulentas por este mar proceloso lleno de monstruos que van devorando nuestra mejor esencia. La sociedad actual vive para sus instintos más reptilianos: caza, sexo, comida y retozo; como el hombre primitivo y el resto de los animales. Por eso tienen tanto éxito los programas televisivos sobre estos temas ¿En qué empleamos el tiempo que Platón proponía destinar a los divinos ocios? Parece que hoy no tenemos ocios divinos. Hemos retrocedido en valores y muchos se preguntan cómo ha sido posible llegar a esta oscuridad global, que nos impide ver que somos luz. Hace unos días, le oí decir al empresario defensor de la bandera española, José Manuel Opazo, que “cuando nos dormimos en democracia, nos despertamos en dictadura”. Me pareció una frase muy oportuna, y recordé entonces la que tantas veces he repetido de Edmund Burke: “Para que el mal prolifere, basta con que los buenos no hagan nada”. Es muy cierto. Los buenos no hemos hecho nada o muy poco, hemos confiado en nuestros políticos, en la ONU y en la pléyade de organismos de nombres largos, que no sirven para nada, salvo para que miles de funcionarios coman la sopa boba al servicio de los gobernantes de turno, mientras elaboran estrategias de manipulación y presión, a base de  leyes totalitarias contranatura e imponen el laicismo feroz de fuera cruces, fuera cristianismo, fuera Jesucristo. Eso queda relegado a lo privado, a las catacumbas, que para eso hemos heredado la memoria de los primeros cristianos que sufrieron persecución. Ahora, los cristianos también estamos siendo perseguidos, por mucho que ciertos obispos y arzobispos se den la mano con las asaltacapillas y regalen perdones a quienes no muestran arrepentimiento. Creíamos que aquello de la Guerra Civil era una cosa del archivo del tiempo. Nos hemos dormido en los laureles: unos por comodidad, otros por pereza, otros por seguir la tendencia y no salirse de la manada, que es donde se está calentito. Disentir no es cómodo, sobre todo cuando hay que dar argumentos sólidos, porque eso requiere una formación que lleva su tiempo y esfuerzo, y esta sociedad amante de lo fácil y lo divertido, no está dispuesta a invertir su tiempo en cosas serias.

Hace unos años, pocos, nos escandalizamos cuando en Estados Unidos taparon el emblema de la Compañía de Jesús, porque Obama tenía en uno de sus colegios una intervención. Visto ahora, con lo que está pasando, no deja de ser una anécdota de nada, una pequeñez. Hoy, en España, la gente ha llegado a un grado de estupidez permanente preocupante. Si no les importa que a sus hijos los eduquen en la ideología de género o que enseñen a sus niñas a abortar, qué les puede importar si retiran las cruces, si cierran iglesias, o si convierten el Valle de los Caídos en un puticlub. Por cierto, parece que de eso conocen mucho. (La ministra Dolores Delgado sabe que eso es éxito asegurado para extorsionar; en Andalucía se gastaban el dinero en esos tugurios; y, curiosamente, el suegro del presidente Sánchez, Sabiniano Gómez –miren en Internet—, se hizo rico con el negocio de la prostitución gay. ¿Tendrán grabado a alguien? Ese es un melón por abrir).

En cuanto a los responsables de la descristianización, hay categorías. Por un lado estarían los insulsos pasotas, los “dejaos”, y por otro, los malos malos con diploma. Esos que tienen el rabo peludo, esos en cuya mirada se pueden ver las tinieblas que motivan sus acciones contra las cruces y contra todo lo que pueda favorecer a la humanidad. Porque las cruces son el símbolo de Jesús de Nazaret, el ser que nos dejó una fórmula magistral de amor incondicional. El símbolo de la cruz lo han ido retirando de todos los lugares públicos y, al mismo tiempo, del corazón de la gente, incluso de los buenos.

Hace un tiempo, había personas que si bien no estaban de acuerdo con la Iglesia católica, debido a sus muchos errores, sí tenían en cuenta al Jesús esenio, al Jesús como arquetipo o avatara y lo veían como un modelo a seguir. Hoy no ocurre eso, o mucho menos. Hoy, salvo excepciones, ni lo nombran. Jesucristo se ha convertido en un tema tabú. Digo esto porque he observado que en algunos de los grupos de wasap a los que pertenezco, integrados por gente buena, profesionales de las medicinas complementarias, no religiosos aunque sí espirituales, que practican el amor universal –y eso me consta—, dispuestos siempre a ayudar de manera desinteresada –también me consta—, nunca hablan de Jesús, ni emplean términos relacionados con el cristianismo, como “la paz sea contigo” o “bendiciones” y, en cambio, sí usan vocablos del sánscrito utilizados en el yoga, como “namasté”. Esto me ha invitado a reflexionar y deduzco que, aunque de manera inconsciente, se debe al grado de manipulación que “de facto” ejerce el anticristianismo. Es como una ley no escrita. No se nombra a Jesucristo porque no es políticamente correcto, y eso es asumido incluso por los que se consideran fuera del sistema, en lo alternativo.

Ante esta situación conviene dejar a un lado los prejuicios. Jesucristo sigue  vivo, aunque lo hayamos arrinconado en el sótano. Solo está cubierto con una capa de polvo de maldad, y toca hacer limpieza. Conviene recordar que el cristianismo hizo iguales a los hombres, sin distinción de raza, color, posición económica o social, mucho antes de que la teosofía hiciera su aparición. El catolicismo ha reconocido los valores interiores, los únicos que dotan de grandeza al ser humano. La ley universal del amor y de la caridad ha hecho de todo hombre nuestro prójimo, y sobre ella se apoyan desde entonces las relaciones sociales del mundo cristiano. Toda esta enseñanza y las consecuencias prácticas que de ella se derivan revolucionaron el mundo.

 

 

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