No es odio, ni xenofobia, sino defensa propia y sentido común

Hay que hablar claro y dejarse de pamplinas y de buenismos tontos. Hay que dejar a un lado la ingeniería verbal y volver a llamar a las cosas por su nombre. Hay que perder el miedo a que nos tilden de esto o de aquello –xenófobos, homófobos, fascistas y carcas—si no aplicamos los eufemismos de su dictadura de pensamiento único a rajatabla. ¡Ya está bien! ¡Basta ya! A la gente de bien no nos cabe una gota más en el vaso. A ver si nuestros políticos –los que quieren el bien de España, si es que hay alguno—se ponen las pilas y se enfrentan a esta izquierda intolerantemente destructiva que empuerca todo lo que toca y odia el bien, lo bueno y lo justo. Esta ultraizquierda, experta en la mentira, la corrupción y la muerte –fusilar se les da divino—. Esta izquierda conectada con el “mal” mundial que permea este ciclo vital, esta edad de hierro que los hindúes denominan Kali-Yuga. Esta izquierda, en fin, que tiene en su punto de mira subvertir los valores y poner en los templos laicistas la cruz invertida. No sé si entiende el guiño.

Ana Julia Quezada, la asesina confesa del niño Gabriel, lo increpaba mientras lo llevaba muerto en el coche.

Ana Julia Quezada, la asesina confesa del niño Gabriel, lo increpaba mientras lo llevaba muerto en el coche.

La prensa y las redes sociales están tomadas por el laicismo radical, que personifica la corrupción de la moral en su espectro más amplio. Lo hemos visto estos días con el asesinato del niño Gabriel, a manos de la concubina de su padre. [Sí, concubina. Reclamen si no a la Real Academia de la Lengua por atreverse a mantener tal definición: “Mujer que convive con un hombre sin estar casados entre sí”. Se apuntan como sinónimos: barragana y mantenida].

Definiciones aparte, la presunta Ana Julia Quezada, a quien han comparado con una mantis religiosa, por su comportamiento con los hombres, es un bien que hay preservar para el museo de los horrores. Como su historial presuntamente delictivo, que además se investiga en estos momentos, es ya público, no voy a entrar en detalles. Solo decir que toda su vida cumple los requisitos para un capítulo de “Casos sin resolver” o de “Mentes perversas”.

Hemos visto la vara de medir que se gasta la izquierda. Al tendencioso periodista Escobar le faltó tiempo para decir que a la presunta se la sentenciaba por ser mujer, inmigrante y de color. ¡Esto sí que es demagogia! Le faltó decir que se la tenían jurada por haber sido prostituta, por su afinidad con los batasunos, por haber participado en los disturbios callejeros de Gamonal y, ¡oh!,  por ser de Podemos o afín. Su declaración no tiene desperdicio: se llevó al niño, tuvieron una discusión, él la agredió y ella se defendió con el hacha; y luego, como estaba muy enfadada, lo asfixió. Claro, no hay que olvidarse que según las palabras de la “genetista” Carmena –lo peor que ha tenido Madrid como alcalde—, “la violencia está incardinada en el ADN de la masculinidad”. Se ve que el pobre Gabriel ya empezaba a manifestarlo. ¡Impresentable!

Pues, a pesar de la presunta alevosía, se pide calma a la sociedad. Estamos de acuerdo. No soy partidaria de los linchamientos públicos ni del ojo por ojo. También estoy en contra de la pena de muerte, aun en los casos más extremos. Ahora bien, defiendo a ultranza la cadena perpetua. Hay seres humanos que por sus acciones han perdido la oportunidad de convivir con sus semejantes y deben ser aislados de por vida. Lo de la pena revisable me parece un recurso tonto del garantismo imperante, de una errónea interpretación de los derechos humanos. En nuestro tiempo, siempre pendientes de lo que pueda decir Estrasburgo, los derechos de los asesinos parecen preocupar más que los de las víctimas. ¡El mundo al revés!

No debe extrañarnos. La izquierda comunista defiende casi siempre al mal, y, por tanto, al asesino, porque le toca más de cerca, y ellos se creen con “licencia para matar”. Recordemos el asesinato a sangre fría de Víctor Laínez por llevar una bandera de España. El radical-okupa-inmigrante-argentino, acogido en Barcelona, le golpeó en la cabeza con una barra de hierro hasta dejarlo inconsciente. No solo nunca pidieron disculpas ni perdón, sino que llegaron a decir que un facha menos.

La izquierda es la maldad en estado puro. Es el brazo ejecutor del mal; por eso le viene la financiación para sus hazañas de muerte y caos de no se sabe bien dónde, ¡aunque sí se sabe! Como por arte de magia, siempre aparece dinero para la lucha contra el bien.

Lo que acaba de ocurrir en el barrio de Lavapiés de Madrid es más de lo mismo. Pero analicemos la incoherencia: asesinan a Gabriel y piden calma, pero muere un mantero de un infarto y nos organizan una revuelta”. Culpar a la policía de la muerte del inmigrante senegalés es el colmo del disparate; aunque hubiera muerto perseguido por la policía, que no es el caso. Si la venta ambulante está prohibida, la policía está para hacer respetar el orden. De ahora en adelante, cuando lleguen en las pateras habrá que hacerles un electro para, dependiendo de cómo esté su corazón, hacerles cumplir la ley o no. No vaya a ser que se estresen, los pobres. Carmena –otra vez este dolor de cabeza—no se conforma con poner una gran pancarta en la fachada del antiguo Palacio de Comunicaciones de Madrid, con la leyenda “Refugees Welcome”, sino que ha escupido que la muerte del susodicho es culpa del Estado “debido al estrés que sufría por no tener papeles”. ¡Solo falta que tengamos que indemnizar a la familia!

Lo que siguió al incidente del vendedor ambulante es de vergüenza, y, como siempre, Podemos fue el gran azuzador de los disturbios. Estos angelitos de las pateras han roto lunas, han incendiado contenedores, han causado múltiples destrozos, se han enfrentado e insultado a ciudadanos del barrio, algunos de ellos ancianos. ¡Pero los derechos humanos de la gente normal no cuentan! Estos inmigrantes senegaleses, a los que con toda propiedad y derecho hay que denominar gentuza, están organizados en bandas que controlan el narcotráfico en la zona y tienen a los vecinos atemorizados. ¡Lo mismo que  en otros barrios de Madrid, como Tetuán! ¡Que se larguen a sus países!  Así como suena. Yo no tengo miedo a las palabras. Yo no tengo miedo a que me acusen de xenófoba. Lo soy respecto a esta gentuza. Soy xenófoba ante el que no respeta las leyes. Soy xenófoba hacia quien ataca a nuestras fuerzas del orden. Soy xenófoba hacia quienes quieren romper nuestra convivencia. Y soy xenófoba ante quien llega a pedir limosna y acaba queriendo imponer sus leyes. Aquí necesitamos a gente trabajadora, no a parásitos que vienen a delinquir, amparándose en nuestras leyes garantistas, al tiempo que se llevan todas las ayudas sociales. ¡Ya está bien! ¡Qué mal lo hemos hecho! ¡Qué mal lo seguimos haciendo todo!

Muchas veces nos preguntamos si estaremos locos, pero no, no lo estamos. Lo que ocurre es que la corrupción moral de nuestros políticos e instituciones se ha solidificado en una especie de losa que nos tiene atrapados. No queda más remedio que buscar desesperadamente una rendija por donde abrir camino hacia otros aires. Es nuestra única salvación. Eso sí, hay que tener mucho cuidado con los falsos líderes salvadores.

 

 

 

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