Los golpistas catalanes ya en los tribunales

Por fin, los golpistas imputados por rebelión, sedición, malversación y delitos conexos, han sido citados a declarar. ¡Qué largos han sido estos últimos días y cuán vertiginosos y surrealistas!

La noticia que situaba a Puigdemont en Bélgica nos mantuvo preocupados durante unas horas. Los rumores sobre su relación con los independentistas belgas, su intención de solicitar asilo político y su toma de contacto con el abogado Paul Bekaert, hacía vislumbrar un panorama, cuando menos, tortuoso. Es sabido que los Estados de la Unión Europea son considerados países seguros y solo se prevé la concesión de asilo en determinados supuestos. Pero también lo es que Bélgica es un país que, en estas cuestiones, es considerado por los progres “más garantista”, es decir, con fisuras por donde, con cierta habilidad pueden colarse las ratas. Pero también lo es que el discurso de la gente del “prusés”, ha calado entre los agitadores de la opinión pública. Llevan mucho tiempo intentando internacionalizar el conflicto y planificando estrategias, para lo cual han gastado ingentes cantidades de dinero público. De ahí que en las querellas presentadas por la Fiscalía, aceptadas por la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo se incluya el delito de malversación y se les pida una fianza de seis millones de euros para cubrir el desfalco. Esta preocupación por el Puigdemont “huido” se incrementó tras las palabras del letrado Paul Bekaert, que tantos disgustos nos dio en el pasado cuando defendía a los etarras impidiendo que fueran extraditados para ser juzgados en España.constitución

Aunque se dice que están improvisando, yo creo que no. Tenían planeadas varias vías según se fueran desarrollando los acontecimientos, pero destaco estos dos escenarios: el primero, poner al “Estado contra las cuerdas” sacando la gente a la calle, con manifestaciones para crear desestabilización y fractura social, con el fin de obligar al Estado a negociar, tal como figura en sus hojas de ruta. A esta manera de proceder, los secesionistas la denominan “manifestación pacífica” y “resistencia pacífica”. Y como conocen el talante de Mariano Rajoy, creyeron que o ahora o nunca. Pero les salió mal. El otro escenario era la rebelión a la desesperada y provocar que el Estado aplicara el artículo 155 –Joan Tardá dijo en el 2012 que el 155 les iría “de coña”—. Pero también les salió mal. Veamos por qué.

La aplicación del 155 les iría de “coña” porque se lo imaginaban con los tanques en los aeropuertos, los antidisturbios en las calles dando porrazos y rompiendo dedos, y esa sería la gran puesta en escena para que la comunidad internacional entrara en el conflicto. No hay que olvidar los cientos de millones que gastan en chiringuitos propagandísticos de todo tipo y, además, desde que empezó el “proceso” tienen contratada a una empresa de marketing de Estados Unidos para que les haga la propaganda. Hay que incluir también a la caterva de periodistas de medios extranjeros –y también españoles— muy bien pagados para internacionalizar la gran mentira. ¡Y, mientras tanto, nuestro Gobierno pensando que solo era un suflé! Pero no es momento de reproches al gobierno por habernos llevado hasta aquí, sino de ponderar su mesura y bien hacer. En este caso sí. Hasta ahora. Si cambia, estamos en la obligación de hacerle la crítica.

Discrepo de las corrientes que culpan al Gobierno de chanchullear con los golpistas, o de no haber entrado a la manera del Séptimo de Caballería, tomando las instituciones, para que se notara quién manda ahora, como se hacía en otros tiempos. A mí también me gustaría que la cosa fuera más deprisa e incluso más espectacular, pero me parece que se está haciendo con mucho tiento, de manera “exquisita”, por emplear las palabras que oí a alguien del Ejecutivo. Y con esta actuación, los golpistas se han quedado sin argumentos; se han quedado sin las imágenes para la prensa progre internacional y las redes sociales. Por eso les salió mal la estrategia.

Con todo lo que está ocurriendo, y a falta de los capítulos intermedios y finales, no creo que los independentistas queden con ganas de seguir echando pulsos al Estado. Aunque con lo tercos que son, todo es de esperar. No estaría de más, no obstante, que se les exigiera a los partidos independentistas renunciar a la independencia, no de sentimiento, pero sí de hecho. No se entiende –máxime viendo a lo que conduce— que haya formaciones políticas legales con objetivos que no se ajustan a la Constitución. Hay que dejar claro que, aunque la Constitución se reforme, nunca habrá derecho de autodeterminación ni de independencia. ¡Y basta ya de chantajes!

 

 

 

 

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