Libertad de expresión, un derecho solo de la izquierda

En nuestros días, solo la izquierda goza del derecho a la libertad de expresión y reparte carnés de demócrata.

Reivindico poder decir que estoy en contra de los manteros que invaden aceras y venden productos falsificados; también contra los jóvenes agrupados en maras para delinquir –sabiéndolo políticos, fiscales y jueces—, contra los menores extranjeros no acompañados –menas—desparramados en manadas por los parques violando a niñas y cometiendo otros delitos, a los que por ley no se les puede expulsar, y a los que hay que mantener con nuestros impuestos. No me gustan las familias del robo organizado en cadena que acribilla a los transeúntes en las calles, ni encontrarme por la noche con gente que me da miedo, gente que, aunque delinca, lleva las de ganar por el hecho de ser refugiado o inmigrante, porque las leyes son las que son y los jueces están acobardados ante la dictadura de lo políticamente correcto.

Así estamos en esta nación nuestra por la que tanta sangre derramaron generaciones de ancestros. Nada nos vino llovido del cielo, sino a base de fusil y bayoneta contra el invasor. Que no llevemos velo las mujeres costó muchas vidas a lo largo de varios siglos, para que ahora vengan las enteradas de turno a rebelarse contra la historia escrita. Que no seamos un país devastado económica y moralmente por el comunismo también costó vidas y mucho sufrimiento y hambre. ¡Y ahora lo quieren disfrazar reescribiendo la historia y quitando cruces!

No han conseguido someternos con la guerra de bombas y balas, pero la batalla que se libra ahora en nuestra España y, en general, en Occidente es tan peligrosa como cualquiera de las anteriores. Es la batalla de las ideas, con armas más hirientes que cualquiera de las mortíferas clásicas, y con mayores daños irreversibles que ya se están manifestando. Lo vemos en la reacción social, una sociedad defensora de la Cultura de la muerte, que permanece impasible ante el horror y la aberración, que ha perdido el discernimiento sobre lo justo o injusto, sobre el bien y el mal en sus sentidos abstracto y concreto. Una sociedad carente de sentimiento patrio, de gallardía, de honor. Conceptos obsoletos para la progresía. Una sociedad, en definitiva, demasiado alimentada, aunque no nutrida; demasiado hipertensa y obesa, con tasas de colesterol elevadas, intoxicada, auténtico reflejo del alma, producto del llamado estado del bienestar. Demasiada abundancia de todo y demasiada carencia de lo esencial.

Las nuevas tecnologías, tan maravillosas y útiles en tantos ámbitos, nos están destruyendo mentalmente. Nos han intoxicado y aborregado. Nos han hecho lentos e incapacitados para pensar y razonar con agilidad. El móvil lo hace por nosotros. Ya no elegimos. Nos eligen los algoritmos. Nos han convertido en simples códigos, y contra eso hay que rebelarse y protegerse. Tenemos que defragmentar nuestro disco duro mental, atestado de programas e información basura e inservible que nos robotiza. Se está librando una gran batalla para derrotar la dignidad y el espíritu crítico para conformar una sociedad uniforme, de individuos clonados, lobotomizados, anestesiados y tontos. Una masa de gente con el alma prisionera, que funciona al estímulo de mensaje de móvil.

Los programas de ingeniería verbal y social de los últimos años, ayudados por leyes buenistas y progres, han conseguido hacer de nosotros un auténtico rebaño que camina inexorablemente a la autodestrucción. Ya lo estamos viendo. Una sociedad que defiende a terroristas y los admite en los parlamentos tiene que hacérselo mirar. ¿Dónde quedó la España que lloraba por Miguel Ángel blanco? Una sociedad que traga con ministros corruptos, con políticos que burlan las leyes, con jueces que prevarican es señal inequívoca de que está enferma y desahuciada.

Una sociedad que solo defiende la libertad de expresión de unos pocos y que el bien el mal, lo correcto y lo incorrecto se proyecta desde el “ministerio de la verdad” que, aunque virtual, funciona de facto desde hace tiempo, es una sociedad a todas luces injusta y tenemos la obligación de rebelarnos.

No me gustan los musulmanes ni los suecos y quiero poder decirlo; como tampoco me gusta el cine francés, ni el arte moderno, ni el color beige, el olor a lejía, los sesos rebozados o caminar con tacones cuando llueve. No me gusta que tengamos que vivir el Ramadán mientras la fiesta del Corpus se ha convertido en un día laborable, ni me gusta tener alcaldes de religión musulmana. No me gusta que a los niños les enseñen a masturbarse o a toquetearse con otros del mismo sexo para descubrir su orientación sexual. Quiero poder decir que si tuviera un hijo homosexual haría todo lo posible por analizar las causas por si se pudiera remediar, aparte de quererlo con toda mi alma. Reivindico poder decirlo y hacerlo, sin que nadie me lo prohíba y ningún Colegio de médicos dictamine si es una enfermedad o no. No se trata de eso. No me gusta que el Estado se arrogue el derecho de educar moralmente, y quiero poder decirlo e impedirlo. Estoy en contra del supremacismo del feminismo y de la desigualdad que rezuma la ideología de género. Detesto a los “queer” porque me parecen esperpénticos y contagian a gente de buena fe, inmadura y un poco perdida. Reivindico poder decir todo esto sin que esto suponga incurrir en un delito de odio, de xenofobia, de homofobia o en otros de nuevo cuño. ¡Puestos a inventar, la izquierda radical no tiene parangón! Recurro nuevamente a la frase de Edmund Burque: “Para que el mal prolifere, basta con que los buenos no hagan nada”. Basta ya de permanecer pasivos ante la sinrazón. ¿No habrá llegado la hora de ser más sinceros y posicionarse, viendo que nos dan por todos lados? ¿O es que todos somos como la izquierda? Los políticos ya se sabe que son bastante parecidos y van a lo suyo. Pero hay muchos analistas que piensan con rectitud, aunque lo omiten para no meterse en jardines. ¿Qué tal si nos olvidamos de lo políticamente correcto y adoptamos lo éticamente correcto?

Mientras todo esto ocurre, Letizia, quintaesencia de la frivolidad, sigue ocupada en sus operaciones de estética y en hacer musculito. Otro signo de los tiempos. Los políticos siguen a lo suyo, que no es lo nuestro. Sánchez deja al Rey esperando una hora y ambos mantienen un encuentro cordial. La desconfianza con Podemos, según Sánchez, es recíproca y baraja otras opciones. Más de lo mismo. Quiere apoyos gratis y gobernar solo. Porque él lo vale. A este no lo baja del Falcon ni la grúa del Roxu. Lo que sea, incluso una repetición de elecciones al estilo del 28 A, fraude incluido, aunque mejor organizado. Pero, ojo, que ya hay muchos ojos y oídos vigilantes.

Los psicópatas de Arrán, amamantados en la vagancia y el odio a España, se divierten y hacen su guerra contra la sociedad que, por defecto, los apoya, sin que nadie les pare los pies. Con  todas sus necesidades cubiertas, de vez en cuanto les hace falta el chute de adrenalina y la arman, aunque la cosa sea más seria de lo que parece. ¿Hay alguna autoridad por ahí que sirva de algo y nos defienda de estos energúmenos? Parece que no.


 

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