El desayuno cancerígeno de nuestros niños: cereales con glifosato

La influencia de la publicidad es mucho mayor que la de cualquier razonamiento. Eso lo saben bien los publicistas, que saben cómo entrar en esas zonas profundas de nuestro cerebro, a base de estímulos. Por eso, a pesar de la controversia sobre el glifosato y su alto poder carcinógeno, el pueblo que compra aquello que se publicita, suele desoír las advertencias del principio de precaución que todos deberíamos seguir. ¡Por si acaso!, pues no es la primera vez que se habla del tema.

La polémica del glifosato empieza ya en los años 70, pero es en1995 cuando Monsanto empieza a producir sus semillas modificadas genéticamente y emplea el Roundup, su herbicida estrella, a base de glifosato. El producto es tan tóxico que acaba con todos los vegetales no modificados genéticamente, con los insectos, con los animales, con la salud humana y con el medio ambiente. Se puede decir que el glifosato arrasa, es un exterminador. ¡Todo un chollazo! A partir del 2000, al haber vencido la patente de Monsanto, este tóxico es fabricado por otras compañías, y utilizado solo o combinado con otros agroquímicos.

A pesar de los muchos estudios en contra, no faltan quienes defienden este veneno, a pesar de que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, dependiente de la OMS, ya estableció hace tiempo que era cancerígeno, cosa que llama la atención pues el citado organismo internacional recibe financiación privada de las multinacionales –Monsanto es la que más fondos aporta— y suele posicionarse casi siempre de parte del sistema. Monsanto es demandado constantemente, pero siempre gana en los grandes tribunales, porque en las “alturas” no funciona la justicia, sino otra cosa, es decir, ese entramado de intereses que está por encima de los partidos políticos y las ideologías que estos defienden. Que el glifosato es moneda de cambio entre políticos y lobbies ya nadie lo duda, y hace menos de un año tuvimos la oportunidad de ver la escenificación de las “trilerías” de los estados miembros de la Unión Europea. Su tiempo de uso en Europa finalizaba a finales de 2017, pero los mandamases claudicaron ante la gran industria y le regalaron cinco años de moratoria, en concreto, hasta finales de 2022. Hasta esta fecha, tendremos que seguir tomando productos con el herbicida cancerígeno, a no ser que los nuevos datos que acaban de ver la luz cambien las cosas. Se trata de un estudio del Grupo de Trabajo Ambiental (EGW, por sus siglas en inglés) en el que se analizan 45 productos que llevan como base la avena y cuyo resultado fue que todos, excepto dos, tenían rastros de glifosato, la mayoría por encima de los niveles considerados “seguros”.

Los cereales con restos de glifosato analizados son muy populares y frecuentes en las mesas de desayuno, sobre todo donde hay niños. Entre estas marcas cabe citar a Cherios, Quaker Old Fashioned Oats, Quaker Dinosaur Egg, Instant Oats y Black to Nature Classic Granola. No es agradable empezar el día con un producto, rico eso sí, pero que puede llevar al cáncer.

Los diferentes partidos y organizaciones ambientalistas han desempolvado las viejas reivindicaciones y han vuelto a la carga. Piden su eliminación de la agricultura, con carácter urgente. Son partidos radicales la mayoría, autores de iniciativas y propuestas surrealistas muchas veces, pero, en este caso, tienen razón. Lo peor de todo, y hay que decirlo, es que el daño hecho es muy grande. Los ríos y los acuíferos subterráneos ya presentan en los análisis concentraciones importantes de glifosato.

Y mientras el ciudadano honrado y confiado se lleva las manos a la cabeza al ver que los dinosaurios que acompañan a sus hijos en el desayuno no son precisamente buenos, ni están de broma, el gigante Bayer-Monsanto sigue, erre que erre, diciendo que el herbicida es seguro y se plantea recurrir la sentencia que tiene en Estados Unidos, condenado nada menos que a indemnizar con 289 millones de dólares a un hombre que acusa a la multinacional de ser la causante de su cáncer, a causa del glifosato.

En el otro lado estamos los soñadores que, a pesar de todo, sabemos que un mundo mejor, más justo y saludable, es posible.

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